martes, 31 de julio de 2012

Sin título

Antes de que desaparecieran el nombrado 'auto partido' y el auto maceta, el fin de semana del 28-29 de julio de 2012, redacté el texto que sigue. Se publicaría el 2 de julio.
http://www.informador.com.mx/jalisco/2012/393833/6/desaparecen-esculturas-hechas-con-autos-chatarra.htm

Unos le miran con curiosidad, otros ni siquiera voltean a verlo. Donde antes hubo asientos, ahora hay basura; el grafiti y calcomanías borraron su aspecto original. No obstante, el llamado “auto partido” permanece sobre el camellón de Federalismo como testigo inexorable del devenir de la ciudad, como elemento que rompe con la urbanística para transmitir un mensaje.

La instalación colocada al cruce con Juárez, el 22 de septiembre del año pasado, en el Día Internacional Sin Autos, consta de dos piezas: el cascarón de un vehículo compacto y una bicicleta.  El automotor está partido en dos por la mitad. Justo de la defensa delantera, y por la línea divisoria, sobresale el velocípedo pintado en verde limón, color oficial de sus artífices: GDL en bici.

César Carabes avanza sobre su bicicleta por Juárez; al llegar a Federalismo, no detiene su marcha: le gana el paso a un vehículo que daba vuelta y, pese a que el semáforo está en rojo, cruza la avenida. Una vez en el camellón, enciende un cigarro y espera la luz verde para seguir su camino.  Tiene 18 años y dice que desde los 16 se traslada en dos ruedas,  para repartir comida de un restaurante en las cercanías. Afirma que los carros dificultan el paso a los ciclistas y que no lleva casco porque no se ha accidentado. Desconoce el significado que guarda el “auto partido”, aunque sí se había percatado de su presencia.      

El mensaje  

“La idea, no muy aterrizada, del ‘auto partido’, es mandar el mensaje de cómo la bicicleta puede ser un medio para hacer frente a los problemas que trae el auto: ambientales, económicos, de salud, sociales; desde una forma artística”, explica Yeriel Salcedo, miembro de GDL en bici. 

Cuenta que el grupo creyó que la instalación no permanecería en el sitio más de un mes, aunque denuncia que “el coche ha sufrido vandalismo”.  El colectivo acude a limpiarlo cada dos o tres meses.

Entre rayones de grafiti en color rosa, morado y negro, aún son leíbles en la cajuela las frases: “En Guadalajara, en 2011, 17 personas han perdido la vida en su bicicleta” y “75% de la contaminación del aire es causada por los vehículos privados”.  

Yeriel narra que, antes, las personas se detenían a observar el carro y leían la serie de estadísticas pintadas en él para “desincentivar el uso del auto“; sin embargo, con su desaparición, “ahorita sí se perdió el mensaje, no te transmite mucho, (aunque) rompe la cotidianeidad, porque ves un coche partido y la bicicleta”.    

Aparte de grafiti, el vehículo tiene calcomanías con nombres de candidatos a puestos de elección popular.

Juárez y Federalismo es un cruce concurrido. En el punto convergen cantidad de automovilistas, ciclistas y peatones; es estratégico para la promoción de diversas causas: lo fue para la pega de calcas en las recientes campañas electorales y lo es para las colectas de dinero de asociaciones civiles o incluso para la venta de productos de comerciantes ambulantes.  No por nada fue elegido por GDL en bici. “Tratamos de que lo viera la más gente posible; los que van a la Vía RecreActiva, los peatones, los conductores”.  

Renovación



Antes de que se cumpla un año de su instalación, GDL en bici planea restaurar el “auto partido”, también llamado “un auto menos”, por tratarse de un vehículo que era funcional, pero que se quitó de circulación para la causa.  

Yeriel detalla que pretenden utilizar pintura anti grafiti y convocar a artistas para darle una nueva apariencia. Volverán las estadísticas y los mensajes pro uso de la bicicleta; incluso, se colocarían ventanas y cerrarían el coche para que ya no concentre basura.

El propósito de GDL en bici es instalar un coche cada Día Internacional Sin Autos, pero este año no hay certeza de que se done otro vehículo para hacerlo.   

Otras instalaciones

No lejos del “auto partido”, en Pavo y Libertad, una bicicleta blanca cuelga de un poste. Es una de las 12 que se instalaron en 2009 a manera de “sombrío y pequeño memorial para los ciclistas que son asesinados por un vehículo automotor”. Ese año, el 6 de mayo, un ciclista quedó prensado luego del accidente en el que se vieron involucrados un camión del transporte público y una camioneta. 

El proyecto “bicicleta blanca” es desarrollado por GDL en bici y Ciudad para Todos. En 2010 se colocaron 35 bicicletas blancas; al año siguiente, 25; y, en lo que va de 2012, suman doce (hasta el 30 de julio); esto en la Zona Metropolitana de Guadalajara.   

Otra intervención urbana en torno a la movilidad es el “auto maceta” ubicado en Inglaterra y López Mateos, concretado por organizaciones como Ciudad para Todos. En él se sembró un árbol y varias plantas, para reflexionar sobre el incremento de coches en la ciudad. También fue colocado para celebrar el Día Internacional Sin Autos, pero en 2010.  

sábado, 21 de julio de 2012

Efímera ilusión

No quiero besar otros labios que no sean los tuyos, porque vivir otra efímera ilusión no me atrae. ¿Para qué amanecer contigo, si no hay más lenguas húmedas y caricias al día siguiente? ¿Para qué, si no hay más palabras entre nosotros que "construyan un puente indestructible"? ¿Para qué, si todo queda en recuerdo? Uno lejano, nostálgico y, puede, hasta doloroso...

Cruzaste el umbral, te atreviste, me abrí... respondí... ¿y? ¿Qué queda? ¿La nada? Pues eso, efímera ilusión.

jueves, 12 de julio de 2012

Borrador

Sus labios entre mis dientes, explosión de sensaciones, suspiros... Sus incisivos aprisionaron mis labios, y luego vino un juego de mordiscos y lenguas húmedas que embelesó.


Su cuello tibio y suave; su mano juguetona. Sus ojos tiernos, su boca roja.
Besar su cuello tibio y suave, placer de placeres.
Imágenes que reviven en la mente.

Despertó y ahí estaba. Lola soledad.

domingo, 3 de junio de 2012

Viaje fugaz

Ríen. El sol se posa sobre espaldas y cabezas. Ella y él detienen su recorrido en bicicleta sobre la avenida Massachusetts, para descansar a la sombra de los árboles del área verde del Dupont Circle.

Más allá, a su derecha, un par de chicas dialogan sentadas sobre el pasto. Una lleva un shayla en color oscuro, una prenda musulmana que cubre cabeza y cuello, pero que no oculta el rostro. En tanto, a su izquierda, treintañeros de piel oscura dormitan sobre el cuidado césped.

La postal es de Washington D.C., capital de la primera potencia mundial, Estados Unidos, y una metrópoli cosmopolita, con cantidad de extranjeros que la pueblan y visitan.
Continuará...

domingo, 20 de mayo de 2012

Nunca vienen solas

"Interrumpimos a nuestra compañera para anunciar la muerte del escritor Carlos Fuentes”. La voz de Jacobo Zabludovsky resonó en casa. La tostada de pescado cayó sobre el plato. El apetito se fue y el tiempo desaceleró. En un movimiento dejé la silla y corrí al dormitorio. Escalofríos, agua en los ojos. Tecleé con nerviosismo lo que había escuchado y lo publiqué en Twitter. Quería confirmar si realmente había pasado. Por como lo había dicho el experimentado periodista, había un dejo de duda en el aire. Pero no. La esperanza se esfumó. Medios de comunicación, amigos, escritores, replicaban el suceso. "Ultima hora"; "Avance"; "Urgente". "Muere el escritor Carlos..."; "Siento terriblemente la muerte de Fuentes ";”Perder a Carlos Fuentes es perder”… Era un hecho. La desolación se abrió paso y permanecería instalada el día entero. Todo ese martes 15 de mayo, hasta los últimos minutos.     

Después, la jornada laboral transcurriría entre el anhelo de colaborar con la creación de textos que permitieran hacerle saber a propios y extraños quién era ese señor de cabello cano y bigote, ganador de premios como el Cervantes y el Príncipe de Asturias, no así del Nobel. Pero en eso se quedó un tanto, en deseo.

Al tiempo que esperaba el paso del camión que me llevaría a la oficina, recordé las declaraciones del poeta José Emilio Pacheco: “Yo nunca tuve esa vitalidad y esa capacidad de trabajo de Fuentes, siempre lo vi como una persona, un modelo muy lejano que nunca iba a alcanzar”. Emotivas palabras pronunciadas en entrevista con Zabludovsky, me dije. Las 15:00 horas y ni un camión ni taxi se asomaban por el desfigurado pavimento de la calle Manuel Acuña. Era tarde; muy.

Con paso apresurado llegué a casa y la saqué a la calle. Azul cielo y blanco. De estilo antiguo. Un año y un mes de paseos y recorridos que empezaban y terminaban en sonrisa. Me aseguré el casco y avancé con agilidad sobre la bicicleta.  

Juan Manuel y Alcalde. Cinco cuadras para llegar al destino final. Había sorteado ya hoyancos, camiones con prisas, automovilistas; pensé en que entre semana sería mejor trasladarme en cuatro llantas y no en dos: era una exposición al peligro innecesaria, pero, claro, disfrutaba andar en bicicleta, sentir esa adrenalina y libertad que me regalaba, y de vez en vez prefería el peligro a la seguridad, a la albiceleste y no al coche.

“¡Hola, Miriam!”, dijo Juan. Sonreí y, aunque un tanto distraída por el saludo, seguí con mi tarea: encadenar la bici al segundo árbol de Independencia a Juan Manuel, sobre Pino Suárez. Como cada una de las ¿decenas de veces? Que dejé el vehículo albiazul en las vialidades tapatías, me aseguré de que el candado hiciera clic. Acompañada de Juan, subí las escaleras que conducen a mi escritorio y me olvidé de todo. El trabajo acaba por absorberme en demasía; parezco meterme a un mundo que, a veces, ni siquiera en sueños abandono por completo.    

17:00 horas, 19:45, 21:15, 23:40. El tiempo transcurrió y llegó la hora de salida. Reflexioné si ir a la pizzería que últimamente frecuento, pero estaba tan agotada que lo que más quería era llegar a casa. Descendí las escaleras, me despedí del recepcionista, chequé mi salida en el aparato ubicado al lado de la puerta y di un paso a la calle.  

Nada. No estaba. No di crédito. “¿Por qué tengo el casco en mano si no traje la bicicleta?”, me pregunté en medio de la confusión. El cuello se me hizo de piedra, la espalda también se endureció. Volví con el recepcionista y pregunté, ingenua, sin reflexionar lo que mis labios pronunciaban: “¿No sabe si los del periódico se llevaron mi bicicleta, si no debía estar allí y les estorbaba?”. Me sentí tonta. ¿Cómo iba a ser posible aquello si no tenían la llave del candado? El señor me preguntó si se habían llevado mi vehículo y externó sus condolencias al darlo por hecho. Silencio.  

Salí disparada a la calle, y sin despedirme, solo para comprobar una vez más el agravio: el robo de mi bicicleta. Por segunda vez en el día, la desolación e incredulidad cayeron sobre mí. Y, de nuevo, Twitter. Envié una foto a la red social en que se observaba, pese a la oscuridad de la noche, el árbol sin bicicleta. Denuncié el hecho. Reclamé. Expresé mi tristeza y desconcierto. No fue suficiente para consolarme. “Que el dolor cuando es por dentro es más fuerte, no se alivia con decírselo a la gente”, recordé la canción.     

¡Zas! El casco golpeó la pared de una de las fincas que estaban de camino al cruce en que tomé un taxi para volver a casa. Ahora la ira era evidente. Mi cuerpo pidió sacar la energía surgida del coraje de sentirme irrespetada y el muro la pagó. Así caminé tres cuadras, los dientes apretados, el cuello tenso, las lágrimas contenidas… alterada.

“¡Ah, qué la chingada!”.  No pasaban taxis. Un nuevo rayo de furia corrió por mi anatomía y pensé en hacer añicos el casco contra el suelo. Deshacerme de ese pedazo de plástico que me recordaba la pérdida.  

Al fin un carro amarillo detuvo su transitar. Lo abordé. “Buenas noches”, dijo él. “A Santa Tere, por favor”, recibió por respuesta. Minutos más tarde, el taxista diría: “Trae casco”. En ese momento, no sin antes suspirar, contaría mi historia (una que propiciaría el debate sobre la inseguridad en la ciudad durante el trayecto entero): “Acabo de salir de trabajar, con la sorpresa de que robaron mi bici”. “Ya no hay respeto”, contestaría el conductor. “No”, pensaría decepcionada yo.

Casi medianoche. Arribo a casa. “Dos penas en un solo día”, susurré. Después vendrían los resoplos, el mal humor, el llanto, los recuerdos, las vueltas de un lado a otro de la cama sin poder pegar ojo… una, dos, tres… cinco de la madrugada... Ni hablar: las desgracias nunca vienen solas, reza el proverbio.
https://twitter.com/#!/MiriamPadilla/status/202623639386984449/photo/1

viernes, 2 de marzo de 2012

Crónica de un paseo por la obscuridad

De la exposición ‘Diálogo en la obscuridad (2009),
del Trompo Mágico Museo Interactivo.

Una hora y media en completa obscuridad. Cinco escenarios que recrean la vida cotidiana. Objetivo: sensibilizar a las personas acerca de cómo enfrentan los invidentes el diario acontecer.
“¿Dónde estamos?”, pregunta Maggie, la guía de la exhibición. Pasto, árboles, el cántico de las aves, el aroma a pino, la frescura del ambiente...Alejandra toca, escucha, huele, y en su mente se descifra el enigma: “¡Estamos en un bosque!”, grita. La respuesta es afirmativa, así que Maggie conduce a los visitantes de la exhibición al siguiente escenario.
Los participantes, agazapados a la pared, se ayudan con sus manos y un bastón para recorrer cada uno de los pasillos que conducen a los distintos escenarios.
Ya en el siguiente, los sonidos comunes del tráfico inundan la habitación. El motor de los vehículos, el resonar de un claxon, un trailer...Toda una desconcertante orquesta de sonidos que impide la concentración, que sofoca.
“Ahora simularemos cruzar la calle. Guíense con su bastón para encontrar el final de la banqueta. Al escuchar el semáforo, cruzaremos todos”, indica Maggie, quien padece debilidad visual.
Cuando no han ido ni a mitad del camino, el sonar de un claxon provoca el grito de los visitantes del museo: un automóvil ha ignorado el alto. “Ha sido el escenario más difícil. Tuve miedo de atravesar la calle”, opina Yaqui al final del recorrido; el resto de los asistentes coincide.
Después del susto, la visita a un mercado relaja el ambiente. Frutas, verduras, semillas, productos de cocina y hasta flores, ha sido la utilería empleada. Que cómo los han distinguido e identificado: tocando, oliendo, probando y, hasta, si se quiere, escuchando.
“¿Creen ustedes que es incorrecto el uso del verbo ‘ver’ para referirse a un invidente? ¿Creen que podamos ‘ver’?”, cuestiona la guía. “Percibir algo con cualquier sentido o con la inteligencia”, es la definición de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), por lo que se podría inferir que sí, pero, desde su experiencia personal, ella contesta que las personas invidentes pueden crear visiones o configuraciones mentales, a partir de lo que tocan, ‘ver’ de alguna manera cómo son las cosas. Y así, por ejemplo, ponerle color a una flor: “La que ahora tengo en mis manos es roja”, ríe, al tiempo que lo afirma.
La cafetería es la última locación. Maggie pide a los asistentes que compartan las emociones que han surgido a partir de la experiencia, pero antes relata que dicha exhibición fue creada por el periodista alemán Andreas Heinecke en 1988. Hamburgo fue la primera ciudad, pero desde entonces han sido muchas más alrededor del mundo.
Después de que Maggie deja de hablar, el diálogo en la obscuridad comienza. Alguien comenta que ha podido entender cómo es que experimenta un amigo suyo el correr de los días, y que ahora tratará de ser más comprensible con él. Otro más comparte que le ha sido difícil moverse, y que un poco de temor ha acompañado su recorrido, pero que el apoyo de los demás ha sido útil en la labor de recorrer los espacios. Un último asistente afirma que ha podido explorar mayormente los demás sentidos que posee, y que, incluso, hasta el pastel que comió le supo mejor en la obscuridad de la cafetería. Las risas se hacen escuchar.
Recorriendo a tientas un último pasillo, los asistentes se despiden de Maggie. La luz se va haciendo cada vez más intensa, la visión vuelve. “Se tiene que parpadear un poco para acostumbrarse de nuevo a la luz y no marearse”, ha dicho uno chico del staff de la exhibición.
Al salir del museo, Alejandra contempla el cielo, y dice extasiada: “Gracias a Dios. Qué bonito cielo”.

miércoles, 29 de febrero de 2012

La noche en que Luz Casal hizo extasiar

Labios apretados, la emoción contenida en garganta y pecho. Puños cerrados. Éxtasis y, al tiempo, silencio. El espectador no puede más que, si acaso, susurrar las letras de sus melodías. Luz Casal logra lo que pocos. Inundar con su voz el escenario, atrapar, enganchar, enamorar. Hacer que la escuchen. Que nada, ni la música ni los cánticos de su público, esté por encima del sonido que expelen sus pulmones.

Su voz acaricia, su sonrisa hipnotiza, y sus brazos, sus brazos dibujan las palabras que formula poco a poco, como si se tratara de un juego de mímica. Como si intentara hacer llegar su mensaje a través no sólo de su canto, si no de su cuerpo.

In crescendo. Casal fue de menos a más, del bolero al rock, de la serenidad del público a la intimidad con él, a crear, sobre todo, una atmósfera de romanticismo y alegría que los mil 500 asistentes al Teatro Diana agradecieron con una lluvia de aplausos que restalló, principalmente, al final de la velada. Piensa en mí, Lo eres todo, Gracias a la vida e Historia de un amor fueron las canciones más coreadas y celebradas.

La que se presentó anoche fue una Luz Casal fresca y serena. “Quiero ver el rojo del amanecer, un nuevo día brillará, se llevará la soledad…”, fue la estrofa que la española intentó que los tapatíos corearan con ímpetu al principio del concierto, pero, a cambio de ello, recibió un tímido cántico. Ante ello, la artista aseveró: “No estuvo mal, pero siempre puede estar mejor”. Los aficionados rompieron en risas.


Continuará... espero...